Música que cura

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“La naturaleza no verbal de la música la convierte en un privilegiado medio de comunicación universal. El estímulo sonoro tiene un poder sobresaliente para penetrar en el cuerpo y en la mente, sean cuales sean las condiciones, características o niveles de inteligencia de los individuos. Estimula los sentidos, evoca sentimientos, despierta emociones, facilita respuestas fisiológicas y mentales, energetiza el cuerpo y la mente”.

María Jesús del Olmo (musicoterapeuta)

Varias víctimas de encefalitis letárgica que llevaban cuarenta años postradas en el hospital en estado catatónico, recuperaron el movimiento en cuanto se les puso música. Y solo mientras esta duró. Como conejitos a los que se les acaba la cuerda, volvieron a su anterior estado letárgico cuando la música cesó.

Una mujer enferma de párkinson, también se conseguía liberar de su enfermedad durante unos instantes gracias a la música; pero lo que era aún más asombroso en su caso es que no la escuchaba o tocaba, le bastaba con imaginársela para que desaparecieran momentáneamente los síntomas de la enfermedad. Se sabía todo Chopin de memoria y bastaba decirle “opus 49”, por ejemplo, para que al repasar la partitura en su cabeza, desapareciera el parkinsonismo.

Otro tanto ocurría con pacientes en estado de demencia avanzada: la música lograba devolverles su identidad por unos instantes.


“La percepción musical, la sensibilidad, la emoción y la memoria musicales pueden sobrevivir mucho después de que otras formas de memoria hayan desaparecido”.


Estos casos y otros igual de interesantes, los recoge el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicofilia para explicarnos el poder terapéutico que tiene la música. Según sus propias palabras, “la terapia musical es posible porque la percepción musical, la sensibilidad, la emoción y la memoria musicales pueden sobrevivir mucho después de que otras formas de memoria hayan desaparecido”.

A finales del siglo XIX aparecen las primeras investigaciones sobre los efectos de la música en algunas constantes vitales como la frecuencia cardíaca y respiratoria o la presión arterial en pacientes adultos hospitalizados. Pero es después de la Segunda guerra mundial cuando se utiliza la música como terapia para paliar los efectos de las lesiones cerebrales y aliviar el estrés postraumático de los soldados que regresaban del frente de batalla. Se descubrió que el dolor y el sufrimiento se atenuaban con la música, al mismo tiempo que mejoraba el pulso o la presión sanguínea.

Los médicos empezaron a invitar a músicos a tocar en el hospital, pero enseguida se dieron cuenta de que no bastaba con la buena voluntad: hacía falta preparación profesional.

Este es un punto en el que también insiste María Jesús del Olmo, quien dirige el Máster de musicoterapia de la Facultad de medicina de la Universidad autónoma de Madrid. No es suficiente con tocar bien un instrumento, hay que saber interactuar con el paciente y adaptar los elementos musicales a sus circunstancias. Hay que conocer la técnica para que la terapia surta el efecto deseado.

María Jesús sabe muy bien de lo que habla, pues además visita semanalmente la Unidad de cuidados intensivos pediátricos del hospital La paz de Madrid acompañada de su teclado.

En esta unidad se encuentra con bebés de pocos meses de vida atados a la cuna para no arrancarse las vías, separados de sus padres e inmersos en un ambiente hostil de luces artificiales, sonidos extraños y alarmas, en un momento crucial de su desarrollo psicológico. No es de extrañar que muchos de ellos presenten un cuadro de ansiedad, lloros, mutismo, desconfianza y alteración del sueño que, además, puede repercutir en su recuperación.

Los padres también están sometidos a un gran estrés emocional que de alguna manera transmiten al bebé, empeorando muchas veces la situación. La garganta se les hace un nudo, la voz sale entrecortada y temblorosa, resultando imposible hablar o cantar a sus bebés.


“La terapia musical ayuda a encontrar una vía de expresión emocional no verbal entre el niño y los adultos, sosiega a los padres, enmascara los ruidos de alarmas y monitores”.


En esas circunstancias tan difíciles, la terapia musical ayuda a encontrar una vía de expresión emocional no verbal entre el niño y los adultos, sosiega a los padres, enmascara los ruidos de alarmas y monitores. Y precisamente, al estar los bebés constantemente controlados por sensores, se pueden percibir en tiempo real los efectos positivos que produce la música en la frecuencia cardíaca, el ritmo respiratorio y la oxigenación de la sangre. De este modo, el niño va dando pistas sobre su estado emocional y físico en función de la intensidad con la que se toca el instrumento.

María Jesús adapta el ritmo y la melodía a las necesidades del bebé, a la intensidad de su llanto, integra sonidos del medio

ambiente y se guía también por los indicadores emocionales del adulto: su voz, las caricias que prodiga a su hijo, la mirada que comparten, cómo le mece o le arropa. La música crea un espacio comunicativo coherente y bello.

Independientemente de sus fines terapéuticos, en todas las sociedades la música junta y une a la gente, consigue sincronizar con su ritmo los cerebros y los corazones.

La música es el lenguaje del despertar emocional y psicológico del niño y asimismo es una forma maravillosa de interactuar con él. Por ello es importante dotar al niño de una cantidad de estímulos sonoros y musicales adecuada.

Como los que ofrece el cuento Irene y Pablo en casa, un proyecto realizado por la musicoterapeuta María Jesús del Olmo y el músico y profesor José Manuel Mañanas en el que se enseña a identificar sonidos y a descubrir melodías.

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