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Los cuentos enseñan a regular las emociones

A través de las historias de los protagonistas, se viven las emociones sin los riesgos, es decir, se amplían las experiencias desde una distancia de seguridad. Se aprende que todas las decisiones tienen consecuencias, pero en los cuentos las pagan los personajes, no los lectores.

Hace años se pusieron muy de moda unas imágenes de puntos conocidas como El ojo mágico, que a simple vista no conforman ningún patrón, pero cuando se relaja la vista se convierten en imágenes en 3D.  La primera vez cuesta un poco engañar al cerebro -pues de eso se trata-, pero cuando por fin lo conseguimos y vemos de pronto emerger las imágenes ocultas entre los puntos y rayas, nos invade una alegría infantil.  

En la lectura también interviene un mecanismo mágico por el que al pasar la vista por encima de unos garabatos negros, estos se transforman en imágenes en 3D, unas imágenes que, a diferencia de las del ojo mágico, modelamos a nuestro gusto. En ellas proyectamos elementos propios, personajes con caras de conocidos o, por qué no,  de nosotros mismos si el protagonista es heroico o tiene glamour.

Esa magia se adquiere hacia los 6 años y es una fuente de placer sin fin. El niño se sumerge en la lectura y sin moverse de su sillón, pasa miedo, viaja, sufre, lucha, odia, ama.  J.K. Rowling consiguió arrastrar a millones de niños de todo el mundo a su mundo mágico. Merecería el premio nobel de literatura por esa hazaña.

La ficción escrita es el simulador de realidad virtual más económico, ya le hemos dicho otras veces.  Pero, además de la diversión que proporcionan, los cuentos pueden ser muy útiles para desarrollar la regulación emocional.  A través de las historias de los protagonistas, se viven las emociones sin los riesgos, es decir, se amplían las experiencias desde una distancia de seguridad. Se aprende que todas las decisiones tienen consecuencias, pero en los cuentos las pagan los personajes, no los lectores.

En los cuentos los niños se integran de forma automática en esa realidad paralela donde se simulan todo tipo de experiencias humanas. Por eso los cuentos son una herramienta excelente para enseñar al niño a trabajar sus emociones.

La psicóloga Begoña Ibarrola ha estudiado bien este mecanismo y utiliza los cuentos como modelos para enseñar a los niños a canalizar adecuadamente el enfado, la tristeza, los celos, el rechazo, el orgullo, la culpa, el miedo, etc.

Según esta autora, primero hay que trabajar la COMPETENCIAS INTRAPERSONALES, que son la conciencia emocional, la regulación emocional y la autonomía emocional, y una vez que están interiorizadas se pasa a las INTERPERSONALES, a la relación con los demás: la conciencia social, que engloba, la empatía o la cooperación, y el bienestar que se adquiere cuando se tiene una buena convivencia con los demás.  

El cuento es el hilo conductor de estas competencias, por ello no todos los cuentos sirven para estos fines, tienen que seguir ciertas pautas. Asimismo tienen que ofrecer mensajes muy claros, sobre todo para los niños más pequeños. Finalmente, tienen que tener en cuenta la edad del lector, pues  cada emoción requiere una edad determinada  para poder encauzarla adecuadamente.

En Paisandú ofrecemos una selección de cuentos escritos por Begoña Ibarrola que, además de divertir y entretener, ofrecen pautas para educar las emociones de los más pequeños.

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